La mirada del voyeur

Nadie está absuelto de la mirada indiscreta del voyeur, de esa persona que disfruta o siente placer contemplando a otras. Ya sea detrás de unos arbustos, en lo alto de una azotea o en el probador contiguo al de la víctima, en cualquier lugar, puede haber alguien observando. Incluso en la intimidad del dormitorio, si hay una luz encendida, a través de una ventana o del ojo de una cerradura puede haber un mirón y, por qué no, su cámara de fotos.

Extraño nº I. Shizuka Yokomizo.

La Fundación Canal ha abierto sus puertas a una nueva exposición organizada por el San Francisco Museum of Modern Art y la Tate Modern. Observados: voyeurismo y vigilancia a través de la cámara desde 1870 es el título que da nombre a esta colección de 168 fotografías y dos piezas audiovisuales en las que – en su mayoría – los sujetos no sabían que estaban siendo fotografiados. Un juego entre quien mira y es mirado. Una intromisión en la intimidad del otro.

Algunos de los fotógrafos más famosos de la historia conviven en las paredes de la Fundación con autores anónimos, trabajos de fotoperiodismo u obras contemporáneas. En total, una muestra de cinco series de fotografías divididas por salas y tituladas, – en el orden que presenta la exposición –: El fotógrafo inadvertido, Vigilancia, Voyeurismo y deseo, Testigos de la violencia y Celebridades y vida pública.

El deseo de contemplar

El conjunto de fotografías que conforman Voyeurismo y deseo comienza con una serie de 1971 de Kohei Yoshiyuki titulada El parque. En ella aparecen varias parejas de amantes en parques públicos. Siguiendo una línea parecida, fue encarcelado durante ocho años Miroslav Tichy por sus fotografías de mujeres en calles, piscinas o parques. Hoy, su obra pasa a ser considerada arte. El denominador común de todas las fotografías es el sigilo con que trabaja el fotógrafo, el voyeur. Las imágenes son tomadas entre los arbustos o desde la ventana del edificio de enfrente. No importa tanto la calidad de la fotografía como el valor del documento en sí.

Esta premisa adquiere todo su sentido cuando se trata de capturar la imagen inadvertida de las celebrities. Una fotografía de Giuseppe Primoli de 1889 nos muestra a Degas saliendo de un urinario público cerca del Boulevard du Conservatoire de París. En una época en la que no existían  las cámaras de 35mm, es evidente que la fotografía está tomada desde una ventana.

Degas saliendo de un urinario público. Giuseppe Primoli.

Esto es tan sólo el antecedente de lo que Tazio Secchiaroli terminaría por convertir en la industria multimillonaria de la fotografía paparazzi cuando, en 1958, tomó unas imágenes embarazosas de la actriz Anita Ekberg y su marido. Liz Taylor, Greta Garbo, Grace Kelly o Jackie Kennedy aparecen también en la exposición en forma de fotografías “robadas” por las que se pagaban altas cifras en las publicaciones de la época. Una imagen de Paris Hilton camino de la cárcel nos recuerda que hoy seguimos haciendo lo mismo.

Son fotografías que, de una forma u otra, transmiten el deseo o el placer por observar sin ser visto. A través de estas imágenes se pone de manifiesto el instinto de todo ser humano de saber más sobre aquellos que nos rodean. Lo curioso es que en esta exposición es el propio espectador que se acerca a la Fundación Canal quien asume el papel de mirón. Nos convertimos nosotros mismos en el voyeur que satisface su curiosidad asomándose a la intimidad del otro, de quien ha sido previamente fotografiado.

No sólo de placer vive el hombre

La exposición no se queda sólo en el erotismo o en las imágenes más íntimas de personajes famosos o anónimos. Un cartel informativo advierte a la entrada de la sala Testigos de la violencia de que ésta “contiene imágenes cuya dureza puede herir la sensibilidad del espectador”. Se trata de fotografías que retratan el horror de la guerra o la violencia, uno de los géneros fotográficos más productivos en cuanto al interés o morbo que despierta en el espectador.

Posiblemente la figura de Weegee (seudónimo de Arthur H. Fellig) sea una de las más representativas de la fotografía violenta. En su coche llevaba instalada una emisora de la policía de Nueva York, por lo que fue testigo de cientos de asesinatos que corría a fotografiar. Instantáneas que recuerdan a algunas escenas de cine negro. La fotografía Asesinato en Hell’s Kitchen (1935-1945) no muestra la escena del crimen, sino a la comunidad de vecinos asomada a la ventana observando lo sucedido.

Asesinato en Hell’s Kitchen. Weegee.

En la exposición se encuentra también la famosa fotografía del oficial del Viet Cong ejecutado (Eddie Adams, 1968), acompañada, por ejemplo, de imágenes de la cámara de gas del crematorio V de Auschwitz (Anónimo, 1944), de la cámara de inyecciones letales vista desde la sala de familiares en la penitenciaria del Estado de Parchman (Lucinda Derlin, 1998) o de la primera ejecución por electrocución de la asesina Ruth Snyder (Tom Howard, 1928).

La fotografía como instrumento de denuncia social tampoco pasa desapercibida en la exposición. Nos encontramos con instantáneas que capturan las condiciones de vida de los arrabales de Nueva York hacia 1930, intercaladas con imágenes de trabajo infantil y de indigentes durmiendo en la calle. Walker Evans, Robert Frank o Dorothea Lange son algunos de los fotógrafos más representativos en esta temática.

La serie Vigilancia puede llevar al espectador a reflexionar sobre el control al que estamos sometidos a diario por culpa de la seguridad. Se trata de un conjunto de fotografías en las que, desde una sala de aislamiento hasta la calle más concurrida de una gran ciudad, se encuentran sometidas a la vigilancia estricta de las cámaras de seguridad. El conjunto de fotografías Diario de Linz (Emily Jacir, 2003) muestra una serie de instantáneas de las grabaciones tomadas por cámaras de vigilancia en una plaza de la ciudad austriaca durante todo un mes. Fotografías de espionaje político o industrial, del público del Teatro Palace o de los probadores de un centro comercial, o el video Desenmascarados (Chip Lord, 1981) son sólo algunos ejemplos más.

Todos somos mirones

Mientras pasea por la exposición, un chico saca su cámara de fotos. Rápidamente, una empleada de la Fundación Canal le recuerda que está prohibido tomar fotografías o grabar en video en el interior del recinto. ¿Cuántos huecos vacíos habría en estas paredes si los fotógrafos hubieran hecho caso de las prohibiciones?

La exposición finaliza en un espacio íntimo y sucio. Un pasillo muy estrecho y de escasa altura con paredes de ladrillo en el que se proyecta la pieza audiovisual Balada de la dependencia sexual (Nan Goldin, 1979-2008). Varios espectadores contemplamos casi en la penumbra imágenes de parejas de distinto o el mismo sexo que, posiblemente, nunca sospecharon que verían burlada su intimidad. Aparecen también paseantes, gente corriente, en espacios públicos o privados, desarrollando actividades de su vida cotidiana. Mientras nosotros les contemplamos a ellos, al otro lado del pasillo una cámara de vigilancia nos observa – y graba – a nosotros. El voyeur que contempla al voyeur. Se cierra el círculo.

Compras nº 16. Merry Alpern.

 

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