26 de enero de 1977. Un entierro convertido en manifestación: Madrid pide paz

El miedo a causa de la escalada de violencia que asolaba el país y por supuesto, la conmoción por el asesinato de los abogados, fueron el detonante de lo que supuso el entierro del día 26. Un entierro que se convirtió en una multitudinaria manifestación que, aunque encabezada por el PCE, estuvo apoyada por todas las fuerzas democráticas y por los ciudadanos madrileños. Todos ellos acudieron compungidos bajo la rabia y la impotencia para despedir a los abogados y manifestar sus deseos de paz. Podría haberse pedido venganza. Se podría haber respondido a la violencia con más violencia. Y quizá eso es era lo que querían algunos: que tanta violencia llevara a la intervención del Ejército. Pero no fue así. Santiago Carrillo pidió calma. Es posible que el comportamiento sereno y de compromiso con la paz de los comunistas hiciera que el PCE incluso saliera fortalecido de aquel día.

Día del entierro en la Castellana

Desde el principio se quiso instalar la capilla ardiente en el Salón de Togas del Colegio de Abogados. El Ministerio del Interior había anunciado que no podía garantizar la seguridad en los alrededores, pero gracias a distintas negociaciones colegiales se consiguió el objetivo. Ciento cincuenta mil personas ocuparon las calles Marqués de la Ensenada, General Castaños, Génova, Plaza de la Villa de París y Plaza de Colón para pasar por la capilla ardiente instalada a la una de la tarde.

Aproximadamente unos mil militantes del PCE se ocuparon de la seguridad en el interior del Colegio de Abogados. Controlaban a las personas que entraban al interior, organizaban las colas y, a través de un megáfono, daban instrucciones y pedían silencio cuando era necesario. Cuando Santiago Carrillo entró en el Colegio de Abogados, se pidió a todos los presentes que abrieran sus gabardinas o abrigos, aunque no hubo ningún incidente. A pesar de ello, existía el temor a la presencia de francotiradores entre el Palacio de Justicia y la calle de Génova. Lo más probable es que esta fuera la razón por la cual el decano del Colegio, don Antonio Pedrol, fuera completamente solo por decisión propia. Durante toda la concentración el Palacio fue sobrevolado por helicópteros de las Fuerzas del Orden. Siempre se dijo que el Rey había seguido el entierro desde uno de ellos.

A las cuatro de la tarde comenzaron a sacarse los ramos y coronas de flores del Palacio de Justicia. Abogados amigos de las víctimas y representantes políticos y sindicales fueron ayudados por multitud de voluntarios. El desfile de coronas duró hasta treinta y cinco minutos, y con ellas se llenaron totalmente siete furgones. Una de ellas, con claveles rojos y blancos, reproducía una hoz y un martillo. Fundamental debió ser el hecho de que las floristerías regalaban las rosas a los ciudadanos que iban a comprarlas para llevárselas a los abogados de Atocha.

Salida de los féretros

A las cinco menos veinte de la tarde, don Antonio Pedrol Rius y la Junta de gobierno del Colegio, con la toga y la medalla judicial, precedieron la salida de los féretros, que eran llevados por compañeros de las víctimas. Tras ellos marchaban dirigentes de fuerzas  políticas de la oposición. Cuando los familiares de las víctimas abandonaron el Palacio de Justicia, la multitud prorrumpió en aplausos, que enseguida fueron acallados por las recomendaciones de “silencio, esto es un entierro”. Cuando los féretros fueron introducidos en los furgones, hubo algunas protestas de gente que solicitaba que se continuara a pie. Pero el silencio volvió a imponerse rápidamente. Durante el resto de la manifestación, los asistentes respetaron el más rotundo silencio. Posteriormente, la comitiva se dirigió hacia Cibeles para después llegar a los cementerios de la Almudena y nuevo de Carabanchel.

La concentración transcurrió sin incidente alguno. A las seis y media de la tarde fuentes de la policía lo anunciaban. La calma y el orden habían primado durante el tiempo que duró el entierro. De la misma manera ocurrió en casi todas las manifestaciones que tuvieron lugar en otros rincones del país. Las expresiones de condena fueron especialmente significativas en los Colegios de Abogados de distintas provincias. Barcelona, Bilbao, San Sebastián o Baleares, fueron las primeras en mostrar su solidaridad con los abogados del Colegio de Madrid.

El Atentado de Atocha fue un duro golpe contra la Transición. Fue uno de los acontecimientos que más hizo temer por la futura democracia. Pero el día 26 de enero, el día del entierro y la manifestación, pudo ser uno de los que más contribuyeron a construir la democracia. Fue este un día en el que ciento cincuenta mil personas decidieron gritar en silencio su ira y su frustración para pedir la paz.

Este texto fue redactado para un trabajo de la universidad. Todos los datos que aparecen en él son reales y han sido contrastados a través de entrevistas a los supervivientes y familiares y amigos de las víctimas. Se han eliminado algunos detalles por respeto a todos ellos. Pretende ser un homenaje a las víctimas del atentado de Atocha que deja constancia de lo sucedido. Para que un suceso así no quede en el olvido.  Las fotografías pertenecen al libro de Alejandro Ruiz-Huerta: La Memoria incómoda. Los abogados de Atocha. Editorial Dossoles. Huesca. 2002.

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